En un cristal, apaisada, hecha un lenguado dormido, me encuentro a mí misma, como quien se encuentra una monedita en el suelo. Me intercepto con ternura. He aprendido que lo que veo está bien. Lo que veo es; existe.

Y al igual que La Realidad es todo aquello que no puede ser convertido en símbolo, a La Realidad le da igual si yo sé que ella es. Así yazgo yo en el cristal, durmiente y descansada.

Ya lo he logrado, por fin: leo aquello terrible que me hizo ser durante todos estos años y no lo entiendo muy bien. Lo leo con admiración y es un sentimiento brutal, sin saber reconciliar bien la idea de que beatriz lenguado durmiendo en el cristal y beatriz con el pelo lleno de palos, tirada por el suelo y comiendo con las manos después de haber entregado ese aspersor roto, son la misma persona. Quizá no lo son, quizá beatriz ya no es beatriz y beatriz ahora es beatriz. No pasa nada, a nadie le importa. A beatriz tampoco.