
mis alumnos no aceptan que el Dedo aCusador haya muerto. llevan varios días intentando entenderlo, pero no son capaces. hacen preguntas sobre su paradero, sobre su condición. me piden que le devuelva a la vida y demandan un reencuentro, que recrean como una estampa infantil e inocente: una resurrección simple, sobria, sin densidad ni consecuencia. bp cogiendo el teléfono y llamando a dc, mientras ella le pide perdón y le consuela explicando que claro que va a sobrevivir. una especie de extrema unción invertida.
“no tiene nada que ver con pedir perdón, así que no le voy a llamar. es un tonto”, respondo con altivez.
“sí, pero es un tonto feliz” me dice javi, de 9 años.
“es un tonto feliz” murmuro yo.
“¡el pato es un tonto feliz!” repiten durante unos cuantos minutos, moviendo los brazos arriba y abajo, haciendo breakdance en el suelo de mi salón, lleno de hojas de granado que han entrado por la ventana abierta.
“tienes que encontrar una forma de hablar con él”, dice mario.
“igual puedes hablar con él a través de un cristal mágico”, añade javi.
poco a poco empiezan a construir un escenario en el que el pato no muestra su insolencia, sino arrepentimiento (imposible de representar) mientras al otro lado del dibujo, separado por “un muro de ladrillos rojos y negros, porque es el infierno, con peces” estoy yo.
“¿pero la niña pez de brazos largos o yo?”
“¡tú! ¡tú con brazos largos!”
les pregunto qué creen que logrará el dibujo. me dicen que se lo tengo que mandar y asumen que eso lo arreglará todo.
“y no te olvides de añadir al pato diciendo “perdona por ser un tonto feliz” “.





